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La juventud se rebela contra el caos ambiental, pero primero tenemos que vencer al poder corporativo.

Credit: Alexander Savin

Una generación se está rebelando. En todo el mundo, los y las jóvenes protestan por la destrucción de sus futuros. Nuevos movimientos como Rebelión o Extinción (Extinction Rebellion) y Fridays for Future (impulsado por Greta Thunberg) se unen a los ya existentes en la coalición que lucha por salvar el futuro de nuestro planeta.

Si eres como yo, acogerás con satisfacción la ira que estamos viendo en una generación que con demasiada frecuencia ha sido subestimada y caricaturizada como políticamente apática.

Pero la ira sin rumbo no va a ser suficiente para recuperar nuestro planeta. Debemos tener claro qué es lo que está alimentando el problema. Y, en términos generales, la respuesta es clara: es un poder corporativo abrumadoramente ilimitado.

Es con fines de lucro que el Ártico está siendo saqueado por las empresas petroleras para obtener petróleo y gas. Es con fines de lucro que vastas extensiones de la Amazonía son destruidas cada año. Es por beneficio propio que el planeta está al borde de la catástrofe ambiental.

Frente a esto, en lugar de frenar el poder de las grandes corporaciones, vemos que cada vez se les conceden más privilegios.

El sistema ISDS y sus opacos tribunales corporativos están siendo utilizados para desafiar las regulaciones ambientales puestas por los gobiernos y, en una grotesca inversión del principio de “quien contamina, paga”, obligar a la gente común a pagar una compensación a los contaminadores por atreverse a insistir en estándares ambientales más altos. El ejemplo más famoso en Europa es cuando el gigante energético sueco Vattenfall demandó a Alemania por introducir mayores garantías ambientales en una central eléctrica de carbón en Hamburgo. Pero hay muchos otros – incluyendo a Lone Pine Resources, que demandó a Canadá por la moratoria sobre el fracking en Quebec, y a Abengoa, que ganó 40 millones de dólares por denunciar a México cuando éste no le permitió construir un vertedero de residuos tóxicos cerca de una reserva ambiental.

Si nos tomamos en serio la necesidad de detener el cambio climático, la devastación del medio ambiente y la extinción masiva, debemos tomarnos en serio la lucha contra el ISDS.

También tenemos que tomarnos en serio la construcción de una alternativa positiva al poder corporativo. Para ello, necesitamos nuevos mecanismos globales que hagan rendir cuentas a las grandes empresas que se comprometen con el ecocidio. Ésta es la razón por la que los y las activistas también están presionando a favor de un Tratado Vinculante de la ONU, que impida que las multinacionales eviten la justicia a través de sus complicadas estructuras globales y cadenas de suministro.

Es hora de ser realistas. No pondremos fin a la emergencia climática, no detendremos la extinción masiva ni ganaremos la batalla por los derechos humanos o el comercio justo a menos que reduzcamos el alcance del poder corporativo sobre nuestro sistema económico mundial. Los y las defensores del comercio que luchan contra el ISDS, los y las defensores de los derechos humanos que luchan por un Tratado Vinculante de la ONU, los y las defensores del clima y los y las activistas contra la extinción deben unirse como un solo movimiento.

Es hora de salir de nuestros respectivas campañas y entrar en acción, todas juntas. Así que, ¡hagámoslo!